Ayer me encontré con uno de mis grandes amores, que se fue, que volvió cuando yo me fui. Siempre a destiempo,siempre. Le he querido, y él me ha querido e idolatrado. Incluso me confesó que soy su referente sexual.
Es un gran psicólogo, dentro de poco, clínico. Yo le confesé que soy bulímica Estábamos desnudos en la cama, y corrió a buscar con la yema de sus dedos mis marcas de Russell. No las hay, le dije con un sonrisa cómo hacía para evitarlas. Me dijo que esconder el problema no servía de nada. Lo sé. Me preguntó si no había pensado buscar ayuda. "No sé cómo".
Le asqueé. Lo sé, lo vi en su cara. Me imaginó tragando, masticando, devorando y descuartizando la comida, y después me imaginó vomitando todo. Él, todo escrúpulo y orden, se topó con mi yo más desorganizado y sucio. Se marchó. Sé que lo habría hecho de todos modos, pero se marchó.
También él tiene sus fantasmas. Todos los tenemos.
lunes, 3 de octubre de 2011
martes, 13 de septiembre de 2011
Atragantada
Se me atraganta todo lo que como. La comida se retuerce en mi cuerpo, se enrosca en mis muslos. Doblo la espalda, mi estómago se repliega sobre sí mismo.
Nadie dirá que soy anoréxica, porque no lo soy, no lo fui, y no sé si realmente quiero serlo. Pero si voy a sufrir de este modo en mi cuerpo, prefiero sufrir en una carcasa huesuda que en un refrito de grasa.
Vuelvo a engordar. La idea pesa más que mi propio cuerpo.
Nadie dirá que soy anoréxica, porque no lo soy, no lo fui, y no sé si realmente quiero serlo. Pero si voy a sufrir de este modo en mi cuerpo, prefiero sufrir en una carcasa huesuda que en un refrito de grasa.
Vuelvo a engordar. La idea pesa más que mi propio cuerpo.
domingo, 26 de junio de 2011
En "rehabilitación"
martes, 11 de enero de 2011
A la deriva
Soy pesimista, muy pesimista. Pero es el único estado en el que consigo lo que me propongo. No me conformo con lo que tengo ni con lo que soy, veo lo que es erróneo y lo cambio, por lo menos lo intento.
Ahora estoy inmersa en una de esas etapas en las que la depresión te arrastra hasta fondo, y piensas que te ahoga. Mi estado de ánimo es un lastre, me hace caminar lento, cabizbaja. Pero camino.
Es extraño, odio sentirme tan mal, pero al mismo tiempo la tristeza me impulsa a restringir, con lo que pierdo peso y acabo sintiéndome bien. Algo hay mal en mi cabeza para que esto ocurra.
Estas fiestas he engordado unos dos kilos, ha sido el revulsivo que necesitaba para expulsar todo lo que me sobra. Se dice de los adictos a sustancias que necesitan tocar fondo para conseguir recuperarse. Parece que es lo que me sucede a mí, tengo que engordar para darme cuenta del desastre y así bajar de peso.
No estoy haciendo nada dástrico, no estoy ayunando. Estoy comiendo algo menos, nada de alcohol ni comida frita. Intentaré por todos los medios evitar los atracones, nunca se consigue vaciar el estómago por completo.
A veces me pregunto si no sería mejor pedir ayuda, pero entonces pienso que jamás seré delgada. Nunca he pesado menos de 53. Quiero pesar 50, pero se hace tan lejano...
Ahora estoy inmersa en una de esas etapas en las que la depresión te arrastra hasta fondo, y piensas que te ahoga. Mi estado de ánimo es un lastre, me hace caminar lento, cabizbaja. Pero camino.
Es extraño, odio sentirme tan mal, pero al mismo tiempo la tristeza me impulsa a restringir, con lo que pierdo peso y acabo sintiéndome bien. Algo hay mal en mi cabeza para que esto ocurra.
Estas fiestas he engordado unos dos kilos, ha sido el revulsivo que necesitaba para expulsar todo lo que me sobra. Se dice de los adictos a sustancias que necesitan tocar fondo para conseguir recuperarse. Parece que es lo que me sucede a mí, tengo que engordar para darme cuenta del desastre y así bajar de peso.
No estoy haciendo nada dástrico, no estoy ayunando. Estoy comiendo algo menos, nada de alcohol ni comida frita. Intentaré por todos los medios evitar los atracones, nunca se consigue vaciar el estómago por completo.
A veces me pregunto si no sería mejor pedir ayuda, pero entonces pienso que jamás seré delgada. Nunca he pesado menos de 53. Quiero pesar 50, pero se hace tan lejano...
sábado, 13 de noviembre de 2010
Enfant terrible
Era buena escribiendo. Era una pretensiosa chica de 14 años que tuvo que fingir más edad para poder participar en un curso de literatura creativa. Y me creyeron. No cabía duda de que esa chica bajita era mayor, es lo que debían pensar todos. Incluso cuando decía que tenía 16, todos se quedaban asombrados. Una chica tan madura no podía tener 16 años. No, tenía 14.
Tenía 14 años y talento, y facilidad para escribir. Ahora apenas soy capaz de concentrarme para escribir un párrafo con cierta coherencia. Me pesa más mi ineptitud intelectual que mi enorme culo. Es como si mis neuronas se hubieran ido deslizando hasta ocupar mis caderas y mi cintura. Tenía potencial, habría sido capaz de grandes cosas, pero me quedé en el camino. Según un test de inteligencia, incluso puede que sea superdotada, hay cierta probabilidad de lo que sea. Pero aquí estoy, catalogada como una auxiliar administrativa, con un contrato que a mi jefe, al que ni siquiera conozco, le capacita para darme una patada en el culo y despedirme cuando quiera.
Quién me ha visto y quién me ve.
Tenía 14 años y talento, y facilidad para escribir. Ahora apenas soy capaz de concentrarme para escribir un párrafo con cierta coherencia. Me pesa más mi ineptitud intelectual que mi enorme culo. Es como si mis neuronas se hubieran ido deslizando hasta ocupar mis caderas y mi cintura. Tenía potencial, habría sido capaz de grandes cosas, pero me quedé en el camino. Según un test de inteligencia, incluso puede que sea superdotada, hay cierta probabilidad de lo que sea. Pero aquí estoy, catalogada como una auxiliar administrativa, con un contrato que a mi jefe, al que ni siquiera conozco, le capacita para darme una patada en el culo y despedirme cuando quiera.
Quién me ha visto y quién me ve.
martes, 26 de octubre de 2010
Vacía (pero no de alimento)
Me encuentro hueca. No hay nada que me satisfaga. Deambulo como un zombie. Intento mantener mi atención en los libros, en una película... pero resulta inútil. A los pocos minutos mi atención se desvía hacia otro asunto. Lo único que me resulta un tanto aliviador es mi trabajo. Cinco horas diarias de monotonía en las que mi cerebro se duerme en una rutina de conversaciones conocidas de antemano: "no se preocupe, se lo ofrecemos para que usted pueda hablar durante más tiempo pagando menos"; "no se preocupe, se lo ofrecemos para que tenga las ventajas de contrato pero permaneciendo en prepago"; "no se preocupe, la activación de la tarifa es gratuita, y no tiene compromiso de permanencia". Mi trabajo, es lo único que me alivia.
Llevo dos meses estancada en el mismo peso, dos meses de atracones y vómitos. El último fue el pasado miércoles. ¿Conseguiré pasar una semana sin comer una tonelada de comida basura y su correspondiente purga? Eso espero. No voy a ayunar, tampoco restringiré demasiado. Debe ser poco a poco. Durante esta semana, nada de carne ni pescado.
Llevo dos meses estancada en el mismo peso, dos meses de atracones y vómitos. El último fue el pasado miércoles. ¿Conseguiré pasar una semana sin comer una tonelada de comida basura y su correspondiente purga? Eso espero. No voy a ayunar, tampoco restringiré demasiado. Debe ser poco a poco. Durante esta semana, nada de carne ni pescado.
lunes, 10 de mayo de 2010
Restringiendo y vomitando
Creo que he caído otra vez. En parte me alegro, porque en una semana he perdido más de dos kilos. Todavía no tengo instaurado por completo el mal humor y la apatía, aunque sé que pronto llegarán. Eso es lo que realmente temo. La tristeza, la desgana, el odio a mí misma, no querer salir de la habitación, sentirme una niña caprichosa. Porque me siento una niña. Tengo 25 años, pero soy incapaz de sentirme adulta. He trabajado y estudiado, aunque ahora mismo no tengo empleo y lo busco. Actualmente colaboro con una investigación pionera en la universidad. Convivo con mi novio desde hace unos meses. Todo eso debería llevarme a sentirme adulta, pero no me siento así.
Me encuentro tan perdida o más que en la pubertad, cuando tenía que aprender a lidiar conmigo misma y con el mundo entero.
Algunas de vosotras sabéis que mi andadura con Ana comenzó con los 13 años, aunque no duró demasiado. Durante un par de meses, me iba a clase sin desayunar. Llenaba un vaso de leche y lo vertía sobre el fregadero, después cogía un plato y lo llenaba de migas de pan y aceite. El bocadillo que llevaba al colegio, quedaba en la primera papelera que encontraba. A mediodía era difícil escabullirse, así que procuraba que en mi plato no se sirviera demasiada comida, y jamás repetía. Por supuesto, nada de pan. Y claro, nada de merendar. Mi padre trabajaba y mi madre tomaba clases en la autoescuela, así que antes de que llegaran fingía una cena, que acababa en la papelera, sin que nadie se diera cuenta.
Perdí bastante peso, aunque se podría decir que no era alarmante. Sin embargo, un día mi madre entró en mi habitación y me dijo que quería hablar conmigo, que le preocuba que me estuviera quedando tan delgada. Eso bastó para que de nuevo yo engullera lo que había dejado de comer. El miedo a mi madre siempre ha sido superior a mi voluntad. Aún lo sigue siendo.
No soy adulta, soy una niña.
Me encuentro tan perdida o más que en la pubertad, cuando tenía que aprender a lidiar conmigo misma y con el mundo entero.
Algunas de vosotras sabéis que mi andadura con Ana comenzó con los 13 años, aunque no duró demasiado. Durante un par de meses, me iba a clase sin desayunar. Llenaba un vaso de leche y lo vertía sobre el fregadero, después cogía un plato y lo llenaba de migas de pan y aceite. El bocadillo que llevaba al colegio, quedaba en la primera papelera que encontraba. A mediodía era difícil escabullirse, así que procuraba que en mi plato no se sirviera demasiada comida, y jamás repetía. Por supuesto, nada de pan. Y claro, nada de merendar. Mi padre trabajaba y mi madre tomaba clases en la autoescuela, así que antes de que llegaran fingía una cena, que acababa en la papelera, sin que nadie se diera cuenta.
Perdí bastante peso, aunque se podría decir que no era alarmante. Sin embargo, un día mi madre entró en mi habitación y me dijo que quería hablar conmigo, que le preocuba que me estuviera quedando tan delgada. Eso bastó para que de nuevo yo engullera lo que había dejado de comer. El miedo a mi madre siempre ha sido superior a mi voluntad. Aún lo sigue siendo.
No soy adulta, soy una niña.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)





